miércoles, 10 de septiembre de 2008

Claudia

Claudia estaba recostada en la cama, rezando para que no viniera, siempre rezaba y sin embargo siempre venía, pero todavía tenía la esperanza de que escucharan su petición.

La puerta emitió un chillido al ser abierta, Claudia cerro los ojos y fingió estar dormida, siempre lo hacia, aunque como siempre, él siguió con su cometido. Tiro la sabana que la cubría, se recostó junto a ella y empezó a acariciarle sus piernas hasta subir a sus glúteos.

¡Por favor! hoy no, hoy no — decía sollozando Claudia.

Pero no fue escuchada, nada paraba el deseo de aquel hombre.

A la mañana siguiente Claudia salió de su habitación lista para ir a la escuela, con los ojos hinchados, de tanto llorar, anduvo con la cabeza baja hasta llegar a la cocina, allí estaba su madre preparando el desayudo, esa madre que sabia lo que pasaba y aun así lo permitía, a la mesa estaba su padre mirando fijamente a su hermanita, Claudia no podía mirarlo, lo odiaba tanto, aborrecía tanto a ese hombre que todas las noches abusaba de ella.

Su pequeña hermana la miro y la invito a sentarse a desayunar, esa pequeña niña, ignorante de las horribles cosas que pasaban por las noches en casa, Claudia se limito a decir que no tenía hambre y se fue rumbo a la escuela.

La escuela, sólo ahí se sentía a salvo, en donde podía por unos instantes olvidarse de los abusos. Ese lugar en el cual tomo la decisión que cambiaria su vida, decisión que llevaría acabo esa noche.

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— ¿Y ésa chica por qué esta aquí? — pregunto el teniente Villegas.

— Es la que mato a su padre, — respondió el sargento Santos, le apuñalo el miembro hasta que el viejo se desangro.

— Tsss, eso debió doler ¿Ya declaró?

— Aun no mi teniente, pero puede usted interrogarla.

El teniente entro al pequeño cuarto donde tenían a “la acuchilla penes”, como ahora la llamaba la prensa sensacionalista local.

— Hola — le dijo en tono jovial.

— Yo lo mate — respondió la chica — y no me arrepiento.

— Supongo que no — dijo el teniente — sabemos que te violaba continuamente, tal vez hubiera sido mejor que lo hubieras denunciado, nosotros pudimos ayudarte a no llegar tan lejos.

— Ustedes no hubieran hecho nada, nunca hacen nada — dijo la muchacha — Y no lo mate por que me violara, tenia violándome desde los 11 años, si hubiera querido matarlo por ese motivo lo abría hecho hace mucho tiempo.

— Y entonces, ¿por qué lo mataste? — preguntó el teniente.

— Por mi hermana.

— ¿También la violaba a ella?

— No, no todavía, pero ese día al salir de mi habitación por la mañana, note como la miraba, la miraba igual a como me miraba a mí poco antes de meterse en mi cama. No podía permitir que ella pasara por lo mismo que yo pasé.