miércoles, 30 de julio de 2008

Humanidad


Unos 15 años atrás, entre a trabajar a un DIF de una pequeña municipalidad olvidada en los confines del Estado, no era, sin embargo, un trabajo que me agradara, pero un año sin empleo me había dejado con pocas opciones.

Me presenté un lunes por la mañana, recuerdo que lo primero que note al llegar fue un niño parado frente a un escritorio, el niño estaba bastante sucio, no llevaba zapatos y su ropa consistente en un short y una playera de un equipo de fútbol ya extinto, le daban un aire lastimero. Observe como el dependiente le daba una bolsa y le decía:

- Ya no puedes seguir viniendo tan seguido, las despensas que nos mandan son para distribuirlas mensualmente y ya es la tercera vez que vienes en el mes.

El chico no dijo nada sólo inclino la cabeza a modo de afirmación y salio.

Me acerque al dependiente y me presenté como el nuevo director, le indique que había sido enviando por la capital, me saludó calurosamente y me enseñó el lugar, debo decir que el recorrido fue breve.

Trascurrieron un par de días, yo intentaba adaptarme al trabajo, y a vivir en un lugar tan triste y aburrido, estaba terminando de hacer un inventario de las cosas que hacían falta en la pequeña institución, cuando vi entrar de nuevo al niño. De nuevo se detuvo enfrente al escritorio del dependiente, no dijo nada, solo se paro ahí. El dependiente lo miro con enfado.

- ¿De nuevo tu? – te dije que no vinieras más. El chico no se movió, siguió ahí, parado mirando al dependiente, estuvo así unos minutos, el dependiente saco un libro y lo empezó a hojear, comenzó a ignorarlo magistralmente, yo miraba la escena, sin inmutarme, por fin el chico se dio la vuelta, al verlo alejarse, algo despertó en mí, nunca fui, he sido o seré una persona caritativa o generosa, pero un sentimiento me impulsó a levantarme, tomar una bolsa de despensa y gritarle al chico para que regresara. Note como su mirada se iluminaba y su rostro sonreía, mostrándome su dentadura con sólo unos tres dientes, al darle la bolsa se dio la vuelta y se alejo, le pregunté:

- ¿No das las gracias?

Sólo me miro e inclino la cabeza y salio, supongo que mi rostro dibujo enojo en ese momento.

– Es mudo – me dijo el dependiente.

Lo miré con irritación.

– No me mire así patrón, usted sabe que no podemos, no podemos darle las pocas despensas que nos mandan a una sola persona, no es el único que tiene necesidad en el pueblo – me dijo.

Me limite a asentir con la cabeza – ¿Y los padres del niño? – pregunté, ahora lleno de curiosidad por el chico.

- Su padre se fue unos meses atrás, iba pal norte, pero no han tenido noticias de él. Mejor así, le daba unas golpizas tremendas al chico, ¿notó sus dientes?

- ¿Y la madre? – pregunté.

- Esta tullida, el doctor dice que tiene atrofia muscular, no puede levantarse de su cama, tu predecesor, quiso proponerle que enviara al chico a un orfanato, así no le faltaría nada, pero la mujer enloqueció y echó a gritos y maldiciones al antiguo director, la gente del pueblo ya lo linchaba, jajaja, según ellos por querer separar a una madre convaleciente de su único hijo, curioso que, en eso, los apoyen, pero pa lo demás, dejan que el chico y su madre se las arreglen solos.

El chico regresó un mes después, junto con toda la gente jodida que iba por su despensa, estaba mucho más delgado que antes, tenía ya un aspecto cadavérico. Al verlo ese sentimiento caritativo se apodero de mí, por segunda vez, tome una bolsa, de las grandes y se la pase al chico, estaba tan débil que no podía levantarla, así que deje a mi compañero solo con la repartición y cargue la bolsa.

- La llevaré a tu casa- le dije al muchachillo.

Me miro extrañado, con desconfianza.

- Anda yo te sigo - insistí.

Llegamos a una humilde casa echa de madera vieja, con gestos me indicó que pasara, tenia sólo una habitación, deje la bolsa en una mesa de metal oxidado.

En el fondo de la habitación, en una cama cubierta de cobijas, estaba recostada una mujer, muy morena, me miró extrañada, el chico me tomó de la mano y me jaló hacia donde estaba ella. Con señas le explico que le había ayudado con la despensa y que le había dado una bolsa de las grandes o al menos eso creo que le dijo.

- ¿Uste también quiere llevárselo?- me preguntó.

- No – respondí.

No voy a negar que el chico hubiera estado mejor en un orfanato, comiendo tres veces al día y estudiando, pero una vez más ese sentimiento que surgía cuando estaba con aquel chico, no me permitió siquiera pensar en separar a esa pequeña familia.

Al escuchar mi fría respuesta la mujer sonrió.

- No permitiría que se lo llevara - dijo. No me imaginaba como lo impediría, pero recordé al mi antecesor y me quede callado.

- Quédese a cenar – me dijo la mujer.

Me pregunte como diablos me invitaban a cenar, siendo que ellos se morían de hambre, es algo que aún me pregunto, e igual me pregunto porqué acepté.

Esa noche cenamos papilla alrededor de la inválida mujer, mientras me narraba como sus músculos dejaron de servirle, como su esposo se fue a buscar trabajo y no sabían de él, como su pequeño hijo le ayudaba a sembrar a un granjero para sacar unos pesos que les permitieran sobrevivir. Una tremenda empatía surgió en mí.

A partir de ese día me hice incondicional de esa familia, abrumaba a mi compañero llevándome montones de despensas, para dárselas al chico y a su madre, los visitaba muy seguido, me sentía feliz con ellos, me gustaba escuchar las historias de la mujer, e incluso compre unas canicas para el chico y solíamos jugar él y yo.

Un día me mandaron llamar, de la cabina telefónica del pueblo, tenía una llamada del DIF de la capital. Me ofrecieron un mejor puesto allá, de inmediato acepté, me dijeron que me presentara el próximo lunes, colgué.

Aunque intente evitarlo, mis pensamientos se concentraron en el chico y su madre.

- Estarán bien- pensé, el puesto que tendría me permitiría poder enviar al pueblo un mayor numero de despensas, además le diría a mi compañero, que siempre que se lo pidiera, tendría que darle despensas al chico, por si esto fuera poco, le daría a la mujer algo de dinero que tenía guardado, para que mejoran un poco su situación.

Camine hasta su casa para darles la noticia, me sorprendí bastante, al ver ahí a mucha gente reunida, mientras me acercaba, reconocí a mi compañero, quien camino hacia mí.

- ¿Dónde estabas?, no vi pa donde caminaste, cuando te fuiste - dijo - mande a unos chiquillos a buscarte pero no te encontraban.

- ¿Qué es lo que pasa? – pregunte, aunque en el fondo ya sabía la respuesta.

- La señora falleció – me dijo.

La noticia me aturdió un poco, pero me repuse inmediatamente. Nunca fui muy sentimental.

- ¿El chico? – pregunte, mientras por mi mente pasaban las palabras; huérfano, orfanato, adopción, no adopción no, adopción, ¿estaba loco?, adopción, definitivamente.

- No sabemos donde esta – fue la respuesta de mi compañero – lo hemos buscado pero namas no aparece.

Lo buscamos en la tarde, por la noche, a otro día, por el pueblo, por los alrededores, por cada casa, pero jamás lo encontramos, no se si el dolor que sintió al perder a su madre lo orillo a correr e irse de ahí, si alguien se lo llevaría, si se caería a alguna barranca y quedaría sepultado por piedras, si se lo llevaría el río, supongo que nunca lo sabré. Desde esa época de mi vida, no ha vuelto a aparecer ese sentimiento de humanidad y caridad en mi corazón.

Así que, jodase.