jueves, 29 de mayo de 2008

El Lugar

El Lugar

El rayo de luz iluminaba directamente su rostro cuando despertó, abrió los ojos y se dio cuenta de que aun estaba en ese lugar; sin duda, aun estaba allí, iluminado parecía algo diferente, daba la impresión de ser una pequeña habitación humilde, con una minúscula ventana embarrotada en una de sus paredes, pero, aun le llegaba el aroma fétido, ese olor que recordaba el excremento, que le recordaba que era una celda; no una habitación.

Intento cerrar los ojos, quería dormir y despertar en otro lugar, cualquier lugar, menos aquel. Fue inútil, estaba despierto, era de día, era el día, aunque durmiera nada cambiaria.

El crujido que hizo la puerta de madera al abrirse, le helo la sangre; sintió un hueco en su pecho, se levanto de un salto, un hombre desgarbado, con ropas muy sucias y bastante anciano entro, cargaba una bandeja con agua y pan, lo miro fijamente con unos ojos que expresaban…lástima, se inclino dejo la bandeja en el suelo y salió, la puerta crujió de nuevo al cerrarse.

«Agua y pan» pensó, « ¿Agua y pan? Creen que quiero una maldita jarra de agua y un podrido pan en un momento así, perversos(,) eso es lo que son»

Miro fijamente la bandeja que estaba en el suelo y su estomago le recordó con un gruñido que no había probado bocado desde que le trajeron allí. Intento poner su orgullo por encima de su hambre pero fue inútil, intentó razonar consigo mismo; no tenia sentido comer en ese ni en ningún otro momento, no serviría de nada, en unas horas más no necesitaría volver a comer, el lo sabia y sin embargo devoraba el pan con una ansiedad animal y bebía el agua que se derramaba entre sus labios como si fuese un néctar de dioses.

Justo en cuanto terminó la puerta crujió de nuevo y aunque intentó evitarlo, el hueco se volvió a formar en su pecho, esta ves entraron dos hombre uniformados, reconoció los uniformes y le temblaron las piernas, haciéndolo caer de rodillas ante ellos, intento impedirlo pero las lagrimas brotaban de sus ojos, los dos hombres lo flanquearon y al levantarlo pusieron grilletes en su manos, lo empujaron para que avanzara y él sintió regresar su valor, levantó la frente al cruzar la puerta, infló el pecho al atravesar el pasillo rodeado celdas.

Al llegar al patio, el pelotón de fusilamiento lo esperaba ya, las miradas de aquellos hombres expresaban odio y a la vez pena, miró a los hombres que lo iban a matar, aquellos hombres que sin conocerlo, le dispararían; cerrando sus ojos para siempre. No pudo odiarlos. Un hombre obeso recitaba sus crímenes a la pequeña muchedumbre que se había reunido para presenciar su ejecución. – Tus ultimas palabras – dijo el hombre al terminar su declaración.

« ¿Mis últimas palabras? » pensó, intento pensar: algo lindo, algo profundo, algo que la gente relatara después de su muerte, nada cruzo su mente, solo pensaba en el hecho de que ya no estaría más. El silencio era sepulcral, todos habían callado esperando escuchar sus palabras, pero solo se oía el sonido del viento, por que sus labios jamás se abrieron.

El obeso impaciente ordeno la ejecución, la vos de la gentuza susurrándose entre si comenzó a resonar de nuevo, pero, fue acallada por el grito de: preparen, apunten, fuego.

Sintió decenas de pinchazos atravesar su pecho, como si lo hubieran apuñalado decenas de veces al mismo tiempo, el calor de la sangre al brotar de su cuerpo lo hizo desplomarse y cerrar los ojos, pensando que desearía estar en otro lugar.

Fin